Fiebre amarilla – Causas, síntomas y tratamiento

La fiebre amarilla es una enfermedad vírica endémica en zonas de África y Sudamérica, causada por un flavivírid transmitido por un mosquito, y caracterizada por los síntomas hemorrágicos y la ictericia.

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Mosquito de la Fiebre Amarilla

Causas de la fiebre amarilla

El causante de la enfermedad es el virus de la fiebre amarilla, un arbovirus de la familia Flavivirus, un virus ARN de cadena sencilla y positiva.

El vector que transmite el virus en el ser humano es un mosquito, el mosquito Aedes aegypti, y otras especies del género Aedes (como A. simpsoni, A. africanus) en África, y también de los géneros Haemagogus (en Sudamérica) y Sabethes.

Estos mosquitos suelen vivir por encima de los 1.300 metros de altitud, y como casi todos los mosquitos, abundan en zonas con aguas estancadas. Las picaduras de Aedes suelen ocurrir durante el día, y transmiten el virus a través de su saliva.

Los afectados se mueren en un porcentaje muy variable (entre el 5% y el 50% según la situación epidémica). Según la OMS, cada año enferman 200.000 personas sin vacunar y mueren 30.000.

En España y en gran parte de la Unión Europea, la fiebre amarilla es una enfermedad de declaración obligatoria.

Clínica

El periodo de incubación oscila generalmente entre los 3 y los 10 días. Durante este tiempo, el virus pasa de la sangre al sistema linfático, y de allí pasa a órganos vitales donde se establece.

Síntomas de fiebre amarilla

Al principio, se convierte en una manifestación clínica aguda y leve, caracterizada por fiebre elevada, escalofríos y cefalea. También pueden presentarse mialgias, náuseas y vómitos. Esta presentación es poco específica y sólo puede hacer sospechar de fiebre amarilla en zonas endémicas y en brotes epidémicos. Al cabo de uno a tres días, los síntomas de la fiebre amarilla suelen desaparecer, o puede empeorar la forma grave. Un signo clínico clásico es el llamado signo de Faget, caracterizado por bradicardia con fiebre alta. Al principio también puede haber leucopenia y neutropenia.

La forma grave o clásica empieza como la forma leve, pero además se presenta un cuadro hemorrágico, detectable por la epistaxis, la gingivorràgia y la hematemesis (de hecho, la fiebre amarilla es conocida como “vómito negro” – vómito negro-, debido al color del vómito lleno de sangre coagulada). La fiebre puede remitir, pero posteriormente reaparece acompañada de ictericia, es decir, la amarillez de la piel que da nombre a la enfermedad. Puede haber insuficiencia hepática o insuficiencia renal con proteinuria.

Diagnóstico

El diagnóstico en zonas endémicas se establece a partir de los datos clínicos:

  • Aislamiento del agente causal.
  • Detección del antígeno en fluidos o tejidos.
  • Seroconversión por inhibición de la aglutinación, neutralización o enzimoinmunoensayo en una persona que no tiene antecedente de vacunación reciente. Hay que descartar reacciones cruzadas con otros flavivirus.

Tratamiento de la fiebre amarilla

No existe tratamiento eficaz contra la fiebre amarilla. En los casos graves está indicado el tratamiento sintomático (transfusiones, diálisis).

Profilaxis

La profilaxis se puede llevar a cabo con diferentes medios, a menudo utilizados de forma sinérgica:

  • Vacuna: eficaz desde los 10 días hasta los 10 años después de administrada. La población susceptible de ser vacunada suele ser la indígena de las zonas endémicas, y la turista hacia aquellas. Desarrollada a partir de las investigaciones del premio Nobel Max Theiler, y por el investigador cubano Carlos Finlay.
  • Medidas de aislamiento de los mosquitos: ropa protectora, repelentes, mosquiteras, etc.
  • Medidas de desinsectación y programas de control de los mosquitos.

Historia

La fiebre amarilla ha tenido un papel relevante a lo largo de la historia de África, América y Europa. Se han reportado epidemias históricas como las del imperio romano en los años 541 a 549, en La Habana cubana entre 1762 y 1763, en Filadelfia en 1793, en Haití en 1802 (haciendo estragos entre las tropas francesas en plena revolución haitiana) y Norfolk en 1855.

Son de destacar las epidemias que durante el siglo XIX se sucedieron a lo largo de la costa de la Península Ibérica, en localidades como Cádiz, Gibraltar y Cartagena. De gran importancia histórica e internacional fue la que en agosto de 1821 hizo estragos en la ciudad de Barcelona. En el contexto del Trienio Liberal, las medidas de contención de la epidemia tardaron en implementarse y finalmente se tuvo que aislar toda la ciudad. La epidemia se había iniciado en la Barceloneta, probablemente llegada arriba de los buques Gran Turco y Tallaferro de La Habana.

Las familias que se lo podían permitir salieron de la ciudad, así como el gobierno, que se refugió en Esparreguera, mientras el alcalde Martín de Cabanes y muchos consejeros luchaban por contener la epidemia, mantener el orden en la ciudad y socorrer a los afectados. Se estableció un campamento sanitario en las laderas de la montaña de Montjuïch. La epidemia se declaró finalizada en la ciudad en diciembre del mismo año. La epidemia tuvo relevancia científica a raíz de las acaloradas y politizadas discusiones entre contagionistes, defensores de la teoría del contagio entre personas de la enfermedad y de su origen “exótico”, y los anticontagionistes, convencidos del origen local de la enfermedad y del efecto ineficaz y contraproducente de las medidas de aislamiento y cuarentena.

A la vez, tropas del rey francés Luis XVIII se posicionaban en los Pirineos con la excusa de la protección sanitaria, pero en realidad en preparación para acabar con la experiencia liberal de España.

El investigador cubano Carlos Finlay leyó una conferencia en la Real Academia Nacional de Medicina, en La Habana el 14 de agosto de 1881 sobre la transmisión de la enfermedad por los mosquitos, y publicarlo en 1886, pero las Sus investigaciones fueron ignoradas hasta 1900.

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